Confieso que no resulta fácil elegir lectura para unas vacaciones, al menos a mí, a pesar de las recomendaciones que para tales casos suelen proliferar en las publicaciones especializadas y en los suplementos de cultura que la prensa diaria nos tiene acostumbrados oportunamente recetar. Harán próximamente diez años, disponiéndome a introducir libros en el equipaje para Fuerteventura, escogí a dos poetas que prácticamente desconocía por aquel entonces: Claudio Rodríguez y Muñoz Rojas. Al primero, por que había recién fallecido y al segundo porque hacía unos meses que había recibido el premio nacional de poesía 1998. Además, siempre llevo conmigo en los viajes a Antonio Machado, sus obras se han convertido en “libros de cabecera”: aquellos que sirven a uno «para hacer acopio de valor»[1].
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Tres cuestiones tuve en cuenta para decidirme por el autor de la poesía de los Objetos perdidos:
1ª Se trataba de un poeta malagueño con 90 años. Un paisano que había estudiado – 40 años antes - en el mismo colegio que yo: jesuitas de El Palo.
2ª Que en el acto de entrega de los premios, el escritor Pere Gimferrer galardonado con el Nacional de las Letras Españolas 1998, en su discurso de agradecimiento tuvo unas palabras especiales para Muñoz Rojas: «superviviente excelso, y felizmente activo, de la generación del 27, a quien estimo que la ocasión que nos reúne debe ante todo rendir homenaje».
3ª Que otro andaluz y colega, el poeta Caballero Bonald le dedicara una tribuna en EL PAÍS con el título de “Un ejemplo” y dijera de él: «Muñoz Rojas es fundamentalmente un poeta que ha ido explicándose mejor a medida que pasaba el tiempo por sus libros. Podría decirse que su poesía y él han cumplido los mismos intachables años».
¡Qué descansada vida
la del que huye el mundanal ruïdo
y sigue la escondida
senda por donde han ido
los pocos sabios que en el mundo han sido![2]
En aquel verano de 1999 mi hija mayor fue como voluntaria al Campamento Internacional para la Conservación de la Tortuga Boba en la Isla de Boavista de Cabo Verde, experiencia que marcó positivamente su vida. El resto de la familia optamos por descubrir Fuerteventura que aún no conocíamos. Disfrutar de sus extensas y limpias playas, de sus bellos y exóticos paisajes, del amable trato de los lugareños y de su singular gastronomía, de la cual merece destacar la ensalada guanchinerfe, los exquisitos mariscos y quesos majoreros.
Me atraía conocer el lugar donde estuvo desterrado Miguel de Unamuno en 1924. A Muñoz Rojas le había impresionado D. Miguel en 1936, cuando tuvo la oportunidad de conocerle en la Universidad de Cambridge, donde investigaba a los poetas metafísicos ingleses. Unamuno hablándole sobre Crashaw, tanto hizo mella en él, que junto a sus peripecias y muerte a finales del mismo año 1936 en Salamanca, le provocó leer su obra y ayudar a su amigo Arthur Wills a redactar su trabajo sobre el malogrado filósofo español[3].
Al margen de esas curiosidades, realmente me fascinó la lectura inicial de Muñoz Rojas, tras ella y de vuelta en la península, seguí con Las cosas del campo y Cantos a Rosa (finales de 1999), Entre otros olvidos (primavera de 2001), Yo sólo sé nombrarte (en 2002, tras ser galardonado con premio Reina Sofía de poesía iberoamericana), Rescoldos (2005 en una nueva estancia en las playas del cotillo de Fuerteventura). Cartas de Vicente Aleixandre a José Antonio Muñoz Rojas (1937-1984) (finales de 2005). Las sombras (finales de 2007). Creo haber leído la obra de un clásico contemporáneo, universal y atemporal. Que ha sabido cultivar todos los géneros y estilos poéticos[4].
Rosa y comprometerse nunca fueron
compatibles. Mi Rosa siempre dijo:
No me cites, por Dios, para mañana.
Mañana, tierra, nadie, son iguales
para las rosas. No sabemos nada
si no es del leve instante. Somos
tan verdaderamente de él como es ele ala
del aire en que se apoya. Sin embargo,
algo pudiera hacerse amando un poco,
y llenar el mañana de ternura
con citarlo, diciendo simplemente:
Sobre las ocho en punto, donde sabes.[5]
Un poeta joven que este año 2009, cumplirá los 100. Dicho centenario, unido al setenta aniversario de la muerte de Antonio Machado, fueron motivos para que el Centro Andaluz de las Letras declarara a ambos poetas autores del 2009. Esplendidas concomitancias que acercan más si cabe a ambos poetas. Desde julio de 1926, cuando lee la edición de la poesía de Antonio Machado hecha por la Residencia de Estudiantes, como asevera de Muñoz Rojas el profesor Cristóbal Cuevas: «el espíritu de D. Antonio, se sentirá para siempre vinculado a su figura humana y a su obra»[6].
Está desde aquel día,
desde el estío aquel sonando hondo
su verso; igual de claro que aquel día,
igual de ancho que un estío,
sirviendo de temblor con su palabra
a tanto temblor nuestro sin palabra.
Y las pocas palabras verdaderas
siguen siendo temblor, parte por siempre
de lo creado y único camino
de salvarnos un poco cada día,
darle nombre a los mundos que en nosotros
claman por su palabra verdadera.
A Muñoz Rojas desde que le leía su abuela Teresa, la persona “a quién más le debo en este mundo”, cuando apenas tenía dos años a los poetas románticos españoles[7], dado que ha vivido mucho e intensamente, fundamentalmente dedicado a la poesía, le han influenciado numerosos poetas que le precedieron, los coetáneos y correligionarios. También, como clásico de nuestra literatura a caballo entre dos siglos, indiscutiblemente ha dejado huellas o marcado la obra de muchos poetas en lengua castellana. Algunos metidos en años pero no tan viejos como él, por ejemplo de la generación del 50: Pablo García Baena, Mª Victoria Atencia o Antonio Gamoneda. Otros de la generación del 70 o más nuevos: Luis Alberto de Cuenca, Andrés Trapiello, Antonio Carvajal, Fernando Ortiz o José Mateos. Todos ellos significativos miembros de la poesía española contemporánea.
Ahora acabo de releer La alacena olvidada. Obra completa en verso. Un librito, pequeño en su continente a pesar de sus casi 500 páginas, grandioso por su contenido. Idóneo ejemplar para libro de cabecera. Además de la poesía completa autorizada y revisada, verso a verso, por el propio autor, incluye un estudio, el glosario del mundo del campo y las notas, de tres años de trabajo investigador de Clara Martínez Mesa, a quien se debe dicha edición publicada por la editorial Pre-Textos con la colaboración de la Sociedad Estatal de Conmemoraciones Culturales. Como bien indica la especialista el libro se forja de «una vez abierta la puerta de una alacena olvidada que el olvido roía»[8].
Son muchos los aspectos concomitantes surgidos en el transcurso de la escritura y posterior lectura de este artículo, que sin duda nos motivaran a escudriñar. Ejemplos que al pronto me vienen a considerar:
- La gran memoria que poseemos para olvidar.
- La noche sin paredes es sinónimo de libertad.
- Somos el tiempo que nos queda.
- Cesarea Evora, poeta y música de Cabo Verde.
- La foto de Collioure y la poesía insumisa de Caballero Bonald.
- Últimos poetas que se fueron: Antonio Pereira e Idea Vilariño.


Mie, May 6, 2009
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